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febrero 2, 2021

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CONEXIÓN ENTRE PENSAMIENTO Y SALUD

«Lo que más me sorprende del hombre occidental es que pierde la salud para ganar dinero, después pierde el dinero para recuperar la salud, y para pensar ansiosamente en el futuro, no disfruta del presente y no vive el presente ni el futuro… Y vive como si no se tuviera que morir nunca y muere como si nunca hubiera vivido.» DALAI LAMA.

Cuando hablamos de la conexión entre pensamiento y salud hay dos líneas básicas o principales:

Línea de pensamiento «occidental»: este modo de entender la salud basada en los conceptos instalados por Darwin, Descartes, Newton … nos acompaña desde hace más de 300 años. Estos conceptos describen la idea de que el cuerpo humano es una máquina, si algo falla es una pieza de la máquina que no está funcionando bien y necesita ser reparada o cambiada. Esto se traslada a la manera de entender la medicina, que trata esencialmente los síntomas estableciendo un diagnóstico y recetando una medicación para su tratamiento o la sustitución de la pieza dañada. En este modo de entender la salud, el pensamiento, las emociones y los sentimientos no tienen cabida.

 

Línea de pensamiento «oriental»: la manera oriental describe la salud relacionando el pensamiento, el hacer y el sentir. Por lo tanto, tiene una mirada más amplia y describe que cuando hay un conflicto entre todas estas cosas y se mantiene durante el tiempo, al final se manifiesta de forma física en nuestro cuerpo. En ningún caso se niega la existencia de agentes externos (virus, trauma, etc.), pero sí que pone de manifiesto que hay una manera para mantenernos en el mejor estado posible para que estos agentes nos afecten lo menos posible.

¿DE DÓNDE VENIMOS?

Si empezamos por el principio, debemos entender que a partir de la revolución industrial donde se instalan los sistemas productivos en cadena y pasamos a vivir del campo a las ciudades, comenzó también la desconexión más importante de la naturaleza. Cuando hablamos del concepto naturaleza, hablamos de la naturaleza medioambiental pero también de nuestra propia naturaleza. Cosas tan sencillas como la biomecánica o cómo mantener nuestro

cuerpo en la mejor versión posible para tener una buena funcionalidad y una buena vida, se comenzaron a sacrificar en pro de producir el máximo posible.

Así pues, combinando ambos factores, el cambio producido a partir de la revolución industrial y el concepto de salud occidental, obtenemos como resultado la desconexión de nuestro cuerpo y la delegación de la responsabilidad sobre nosotros mismos. Nos convertimos en un elemento que vive a expensas de las circunstancias externas, sin ningún poder sobre nuestras vidas.

¿DÓNDE VAMOS?

Pues hay otras maneras de vivir una vida…. En 1968 el doctor Bruce Lipton empezaba a clonar células madre. A partir de una célula madre que se dividía cada 12h, terminó consiguiendo cincuenta mil idénticas. Las repartió en tres placas de Petri, cada una de las cuales tenía un cultivo químico diferente, el equivalente a la sangre en el cuerpo humano. Estas células idénticas expuestas a diferentes ambientes creados por la química reaccionaron de la siguiente manera: la primera placa creó esencialmente músculo, la segunda hueso y la tercera grasa… Aquí nace el concepto de ¡¡epigenética!!

¿Qué es la epigenética y por qué es tan importante? Os pondremos un ejemplo para explicarlo fácilmente:

Nos fijaremos en las células de nuestro hígado, que se adaptan de manera natural en el ambiente que las rodea. Pero ¿cómo sabe una célula de nuestro hígado cuál es el ambiente en el que estamos expuestos si no está en contacto con el exterior? Es nuestro sistema nervioso que le envía la información sobre el ambiente que nos rodea. Y ¿dónde está la trampa? Pues que la herramienta principal que interpreta el ambiente al que estamos expuestos y envía la información a través del sistema nervioso es nuestra mente, que está condicionada por nuestras percepciones, hábitos, creencias, ideas…

Por lo tanto, cualquier modificación o adaptación que realicen nuestras células dependerá en primera instancia de nuestra mente.

Según la lectura que hacemos del ambiente que nos rodea, nuestra mente creará una serie de reacciones químicas en nuestro cuerpo para asegurar la adaptación y supervivencia.

Y ya que estamos hablando de supervivencia, hablaremos de una de las herramientas más importantes que tenemos en este ámbito: el estrés. Estadísticamente a día de hoy, el 90% de las enfermedades que nos llevan al médico tienen como origen el estrés.

Dentro del estrés separamos el estrés físico (lesiones, traumas, accidentes…), el estrés químico (virus, hormonas, comida, metales pesados ​​, etc) y finalmente el estrés emocional. Este estrés es el que tiene una influencia principal en los procesos bioquímicos del cuerpo y está ligado totalmente al concepto de supervivencia que comentábamos antes.

Este estrés tenía su utilidad cuando un depredador nos acosaba y necesitábamos disponer de la máxima energía disponible en el menor tiempo posible para poder escapar. En este caso nuestro estrés emocional crea la reacción bioquímica correspondiente y se libera cortisol, adrenalina, noradrenalina… todo lo necesario para poder afrontar esta situación.

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El problema es que a día de hoy ya no estamos expuestos a este tipo de situaciones, pero la función del estrés la dispara nuestra pareja, nuestro «jefe», nuestro WhatsApp, nuestro mail… Y así creamos una disfunción permanente en nuestro sistema para el que no está preparado para soportar y utilizar el estrés de esta manera. El principal damnificado de estos procesos es nuestro sistema inmune y si entendemos que este estrés nace de nuestro pensamiento principalmente, ya hemos cerrado el círculo.

El estrés nace del pensamiento y de las emociones asociadas y creadas por este pensamiento. Y estas emociones son el producto terminado de las experiencias pasadas. Así, cada vez que nos ponemos en esta situación, estamos alimentando el pasado y nuestro cuerpo repite las reacciones bioquímicas que ya conocemos. La pregunta es: ¿somos adictos a alguna parte de esta bioquímica? ¿Somos «yonkis» de la reacción química que producimos cuando nos enfadamos, cuando estamos estresados, cuando sentimos envidia, cuando sentimos resentimiento hacia alguien?

Si podemos identificar estos conceptos y dejamos de delegar la responsabilidad de todo lo que nos pasa, podremos tomar las riendas y hacer cambios importantes en nuestra salud que se iniciarán en nuestro propio pensamiento. El «problema» es que este proceso requiere de un trabajo profundo en nuestro interior tanto a nivel teórico como práctico y muchas mentes están tan acomodadas en la dependencia que prefieren que no se mueva nada. El objetivo realmente vale la pena. Tal vez es el objetivo más importante que tendremos durante nuestra vida y de esta manera alcanzar el arte de vivir en equilibrio y vivir una vida plena.

¡Hasta la próxima!

 

 

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